martes, 22 de noviembre de 2016

Lo ha vuelto a lograr


Portada de Un monstruo viene a verme

Como en sus otras dos obras —El orfanato (2007) y Lo imposible (2012)—, Juan Antonio Bayona ha desmenuzado una cebolla en la cara de los espectadores. Esta vez con Un monstruo viene a verme, película con la que cierra una trilogía centrada en la correlación entre dos elementos: los vínculos materno-filiales y la muerte.

La historia comienza a las 00:17, cuando un árbol milenario saca sus raíces de la tierra para caminar hasta la ventana de Connor O´Malley (Lewis MacDougall), un niño de 12 años en apuros: su madre (Felicity Jones) padece una grave enfermedad; su padre (Toby Kebbell) vive alejado, junto a su nueva familia; y Connor, a su corta edad, carga con demasiadas responsabilidades. Por medio de la imaginación, ha pedido ayuda a un monstruo (Liam Neeson). Junto a él, se enfrentará a sus miedos; tendrá que prepararse para hacerse mayor antes de tiempo.

Aunque las interpretaciones son magistrales, el hilo argumental se alimenta en exceso de la relación entre niño y árbol, desestimando el jugo que podría haberse obtenido del resto de personajes. Además, el filme perdería la magia sin las melodías del compositor vizcaíno Fernando Velázquez y las atractivas ilustraciones de Jim Kay, elementos indispensables para, primero, emblandecer el corazón y, en segundo lugar, golpearlo una vez tras otra.

En la novela homónima de Patrick Ness (asimismo guionista en la adaptación cinematográfica), basada en una idea original de la escritora Siobhán Dowd, prima un tono crudo; en la película, sin embargo, se sacrifica para poder cumplir, una vez más, la función básica de los largometrajes del director catalán: conmover, hacer llorar a cualquier precio. Plano por plano, el sentimentalismo se exhibe con alevosía y conviene, por tanto, tener preparado un pañuelo de principio a fin; uno puede picar el cebo en cualquier momento.



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