viernes, 26 de mayo de 2017

Sin apoyo institucional

Campaña de Chrysallis Euskal Herria

Dos niñas –una con pene y otra con vulva– y dos niños –con la misma formulación–, más una frase –«Hay niñas con pene y niños con vulva. Así de sencillo»–, son los ingredientes que componen el cartel que la asociación de familias con hijos transexuales Chrysallis Euskal Herria colocó, a principios de este año, en varias marquesinas del País Vasco y de Navarra. No estuvo exento de polémica; un mes después, la organización ultracatólica HazteOír sacaba a pasear por Madrid un autobús que replicaba con otro mensaje: «Los niños tienen pene. Las niñas tienen vulva. Que no te engañen». Pese al fuego cruzado, Eva Sever, miembro de Chrysallis, asegura que cumplieron su objetivo: «sacar el debate a la calle».

Sin duda, desde entonces la realidad trans está en el candelero. Y es necesario. En España, salvo en algunas comunidades, para que una persona transexual pueda acceder a la hormonación, a las cirugías de reasignación o al cambio de sexo en los registros oficiales, debe hablar primero con el psiquiatra. Él dará el visto bueno siempre que diagnostique una disforia de género –para la Organización Mundial de la Salud, «un trastorno mental»–; sí, así siguen tratando a esta persona, como si estuviese enferma.

En el País Vasco el requisito es el mismo. Chrysallis Euskal Herria demanda, además de dicha despatologización de la transexualidad, la habilitación de un centro especializado para las familias y, en los centros escolares, tanto la formación del profesorado como la atención especializada a cada alumno y alumna transexual. A pesar de haber tenido este mes varias reuniones con el Gobierno Vasco, Eva Sever asegura que, «de momento, apoyo institucional, ninguno». Entretanto, Cataluña ha borrado la psiquiatría del proceso, Navarra ha creado un centro para las familias y Madrid ha implantado la educación sobre diversidad sexual en las aulas.

Mientras un estudio de la Academia Pediátrica Americana probaba en 2016 que los menores en situación de transexualidad, que sí son apoyados, tienen los indicadores «calidad de vida» y «felicidad» similares al resto de la población, las instituciones vascas siguen sin mover un dedo. Su actuación frente a la situación de estos niños y estas niñas no es relegable a un segundo plano, pues obstaculiza, como dice Eva Sever, algo fundamental: «Que se les escuche, se les acompañe y tengan los mismos derechos que el resto de personas».