miércoles, 23 de noviembre de 2016

«Cúrele, señor juez»


Conus geographus


De los creadores de «La mayoría de las denuncias son falsas», «La Igualdad ya existe, mujer», «Custodia compartida impuesta ¡ya!» y «La Ley Integral contra la Violencia de Género discrimina a los hombres», llega el Síndrome de Alienación Parental (SAP), otra argucia fundamental, de las tantas y variopintas, que componen el kit de supervivencia postmachista; ¡el no va más!

Así es. La perversidad sigue constituyendo, para los machos de turno, uno de los rasgos intrínsecos de la mujer. Según ellos, las mamás “perversas” están dispuestas a dedicar, tras una separación, cuerpo y alma en hacer un lavado de cerebro a sus hijos con un objetivo: que no quieran estar con sus papás ­—porque, por meras casualidades, los afectados suelen ser los varones—. El SAP consiste en eso: uno de los padres (el progenitor alienador) manipula a su hijo para que termine odiando al otro (el progenitor alienado). Cuando el supuesto síndrome se presenta, además, el niño colabora en los ataques, y todo ello, en efecto, sin justificación alguna. A primera vista suena creíble.

Papel mojado. Fue acuñado en 1985 por Richard Gardner, un propédofilo médico estadounidense, y sigue sin ser aceptado en ninguna clasificación de trastornos y enfermedades mentales. No ha sido el primer intento. Poco antes, el doctor Daniel Turket, escatimando en maquillar la denominación, identificó el SMM, cuyas siglas significan ­—¡atención!­— Síndrome de la Madre Maliciosa. Poco más que añadir a este respecto. Solo es oportuno reconocer el esfuerzo de Gardner por hacer un correcto uso del disimulo en el planteamiento: alienación parental suena mucho mejor, y así, al menos, no parece un arma contra los maltratados y un escudo para los maltratadores. Ahora el invento misógino funciona y, a pesar de la inexistente evidencia científica, jueces y juezas firman sentencias apoyados en él; apoyados en el aire.

El caracol marino Conus geographus ostenta uno de los venenos más letales de la Tierra y, actualmente, está siendo investigado con el fin de fabricar una insulina ultrarrápida que facilite el tratamiento a los diabéticos. Hasta ahí, nada más. Los responsables del estudio calculan que podrían tardar hasta una década en convertir la sustancia en un medicamento viable, así que no conviene experimentar con ella todavía; muchos podrían estirar la pata, ¿no? Pues es sencillo. Con el SAP ocurre lo mismo: no ha sido probado. Todo en contra y, sin embargo, la Justicia lo emplea autoproclamándose la encargada de validarlo; el único síndrome que solo puede curar un juez.


P.D.: Claro que existen casos en los que la madre (y el padre) manipula al hijo con malicia y sin motivo aparente, pero destacar ese dato en pro del SAP, comparte similitudes con argumentar que la mayoría de las denuncias por violencia machista son falsas —un informe elaborado por el CGPJ,determina que esa "mayoría" supone el 0,4%—.


martes, 22 de noviembre de 2016

«Qué ganas de complicarte la vida»


Portada de 10 ingobernables



Con la naturalidad necesaria para romper esquemas, June Fernández Casete (Bilbao, 1984), periodista y directora de la revista Pikara Magazine, recoge y relata en su primer libro, 10 ingobernables. Historias de transgresión y rebeldía, los testimonios de «gente que», como adelanta el prólogo, «prefiere complicarse la vida que asfixiarse en el estrecho y absurdo modelo de normalidad». Diez capítulos y diez formas de vivir que retratan modelos estéticos, sexuales y sociales con el objeto de visibilizar una diversidad rechazada, castigada y maltratada.

El género de la obra es una mezcla de muchos. No hay olvido para el estilo periodístico, pues se trata de una decena de “historias de vida” —poco habituales en la prensa española—, aunque, eso sí, llevadas al extremo más literario. Además la autora mantiene en constante presencia la primera persona del singular, revelando la pasión que, como se manifiesta en la solapa, tiene, desde niña, por escribir diarios; al fin y al cabo, es una memoria de los descubrimientos que ha realizado en España y, durante sus periplos como periodista y activista, en Latinoamérica.

Durante la narración, se aglutinan las notas a pie de página. Por un lado, queda demostrado el abrumador conocimiento y la incisiva documentación, pero, por el otro, se entorpece e interrumpe la lectura de principio a fin; para agilizarla, es posible acabar sorteando dichos elementos paratextuales que, en algún caso, podrían haber sido incluidos en el texto. Necesarios e inamovibles son, sin embargo, los dibujos, en la portada y en cada capítulo, que aporta la ilustradora Susanna Martín y que facilitan la cercanía entre el lector y cada protagonista.

¿Gastar el tiempo en contar historias de personas socialmente incomprendidas? ¿Visibilizar, esa incomprensión injustificada, para causar cortocircuitos mentales? ¿Demostrar que los derechos humanos son papel mojado? «Qué ganas de complicarte la vida» —en alusión a un fragmento del libro—. June Fernández tampoco se ha asfixiado; hace lo que le da la gana; es una ingobernable.



FICHA TÉCNICA: 10 ingobernables. Historias de transgresión y rebeldía. June Fernández Casete. Ilustraciones de Susanna Martín. Libros del K.O. Madrid, 2016. 261 páginas. 15,90 euros (electrónico: 6,99 euros).


Lo ha vuelto a lograr


Portada de Un monstruo viene a verme

Como en sus otras dos obras —El orfanato (2007) y Lo imposible (2012)—, Juan Antonio Bayona ha desmenuzado una cebolla en la cara de los espectadores. Esta vez con Un monstruo viene a verme, película con la que cierra una trilogía centrada en la correlación entre dos elementos: los vínculos materno-filiales y la muerte.

La historia comienza a las 00:17, cuando un árbol milenario saca sus raíces de la tierra para caminar hasta la ventana de Connor O´Malley (Lewis MacDougall), un niño de 12 años en apuros: su madre (Felicity Jones) padece una grave enfermedad; su padre (Toby Kebbell) vive alejado, junto a su nueva familia; y Connor, a su corta edad, carga con demasiadas responsabilidades. Por medio de la imaginación, ha pedido ayuda a un monstruo (Liam Neeson). Junto a él, se enfrentará a sus miedos; tendrá que prepararse para hacerse mayor antes de tiempo.

Aunque las interpretaciones son magistrales, el hilo argumental se alimenta en exceso de la relación entre niño y árbol, desestimando el jugo que podría haberse obtenido del resto de personajes. Además, el filme perdería la magia sin las melodías del compositor vizcaíno Fernando Velázquez y las atractivas ilustraciones de Jim Kay, elementos indispensables para, primero, emblandecer el corazón y, en segundo lugar, golpearlo una vez tras otra.

En la novela homónima de Patrick Ness (asimismo guionista en la adaptación cinematográfica), basada en una idea original de la escritora Siobhán Dowd, prima un tono crudo; en la película, sin embargo, se sacrifica para poder cumplir, una vez más, la función básica de los largometrajes del director catalán: conmover, hacer llorar a cualquier precio. Plano por plano, el sentimentalismo se exhibe con alevosía y conviene, por tanto, tener preparado un pañuelo de principio a fin; uno puede picar el cebo en cualquier momento.